Colombia tiene seguridad democrática, pero no seguridad social. Y todo porque no se puede tener todo en la vida. Y todo porque la existencia de la primera depende de la inexistencia de la segunda. Si no hubiera 2'434.000 desempleados, si nuestra economía no se sostuviera a punta de subempleados y rebuscadores, si la corrupción no fuera una forma de ser, la educación no se limitara a ser una lucha a ciegas contra las cifras, y la salud, a punto de quebrar, fuera respetada por la ley como un derecho fundamental de todos, entonces tendríamos que defendernos de muy pocos monstruos y la famosa seguridad democrática pasaría a un segundo plano en el sórdido paisaje nacional: dejaría de ser un favor magnánimo que cuesta 21 billones de pesos al año, un pulgar levantado por la carretera, un efectivo eslogan de campaña, para convertirse en lo que debe ser: una simple obligación del Estado.
¿Y quién quiere que pase algo como eso?, ¿quién quiere un Estado cuando tiene un gobierno que vigila?, ¿quién quiere un pueblo sin hambre y sin miedo que no dé las gracias cuando le respeten sus derechos?, ¿llegaremos alguna vez a un país que proteja a su gente antes de que las cosas se vayan a las armas?
Imaginemos el peor de los futuros posibles: supongamos que el Presidente que tenemos finalmente recibe de Dios el permiso constitucional para hacerse reelegir una vez más por el pueblo. Y, sordo a las voces que le gritan "que usted no use boina no lo hace mejor", ciego ante las últimas encuestas que describen el cansancio del electorado sobre el tema de la reelección, continúa esa campaña infinita en la que repite una sola idea: "yo soy el pacificador". ¿Se imaginan las caras sus contendores, incapaces de sacar el debate sobre lo social de los terrenos de lo militar, apenas se enteren de la candidatura invencible del hombre de la U? ¿Ven lo inútiles que se ven ahora los amarillos, los azules y los rojos? ¿Ven a Petro renegar, ven a la señora Sanín llamarse a sí misma "señorita" y ven a Pardo perdido en un juego turbio que no se merece? ¿Ven a Vargas fruncir el ceño? ¿Ven a Santos fingir que no le importa? Pues bien: todos son cómplices.
Son cómplices: una suma de fotos en un tarjetón en el que en realidad sólo hay un candidato. Cómplices: un grupo de personajes que, al competir en las elecciones, legitiman la presencia del Presidente. Cómplices: una serie de nombres en competencia que le sirven al Gobierno para crear la ilusión, adentro y afuera, de que Colombia sigue siendo la democracia más sólida del continente.
Claro que sí. Y el himno nacional es el segundo más bello del planeta. Y Bogotá es la Atenas suramericana. Y Cartagena no es un camposanto sino una romántica ciudad vieja.
¿Que es muy fácil criticar desde la comodidad del computador? ¿Que las columnas de opinión nunca sugieren nada constructivo?
Pues acá va una propuesta para los aspirantes a la Presidencia de Colombia: que renuncien. Que si les queda algo de coraje, renuncien. Que el día que el Presidente anuncie que sí es candidato, el día en que se vean enfrentados en la campaña con "el hombre que tuvo una sola idea", renuncien todos en el acto. Que dejen a este señor solo cara a cara con el voto en blanco a ver quién es más fuerte, a ver quién es más bravo.
Que se nieguen a participar en esta simulación de democracia. Que se resistan a ser una fila india de idiotas útiles. Que dejen constancia, ya que hoy los libros de historia están en todos los computadores del mundo en este preciso momento, de que no estaban de acuerdo con un gobierno cuya gran lección social ha sido ofrecerle dinero a quien quiera convertirse en delator: en cómplice del exterminio. Que, en vez de alabar la política seguridad para no parecer de izquierda, se atrevan a decir en voz alta "primero que todo está el hambre".
Pensándolo mejor, podrían hacerlo ya. Pensándolo otra vez, hoy mismo podrían decir "si él va, nosotros no".